lunes, enero 10, 2011

Hola ma: ¿sabés quién murió?

Hola ma:

Hace un rato me enteré de que se murió la Walsh. No le digo María Elena, prefiero llamarla así, con el artículo y el apellido, como se nombra a un maestro. Por todas las redes sociales comenzaron a llover los homenajes y las menciones hechas de corazón. Me encontré lloriqueando y de repente me di cuenta de que me estaba acordando de cuando le poníamos a Benito el cd de ella y cantábamos con vos. Benito, con su mes de vida, ni enterado. Nosotros, con Gaby y con vos, cantando los tres como niños, entregados a su juego. Fueron pocas veces. Después ya no pudiste venir más a casa.

Es ese recuerdo de nosotras cantando el que en verdad me dejó hecha mierda y no su muerte. O tal vez se me activó la ecuación Walsh = infancia feliz, cuya variable mamá se descompone en miles de tardes de meriendas populares, en ese disco que tenía la del mono liso, en regalos imposibles de cumpleaños y navidades, en una presencia constante de amor, en tantas otras cosas que formaron las defensas de mi sistema inmunológico emocional. Es que yo voy a seguir poniéndole a Benito sus canciones, pero vos ya no estás acá para cantarlas conmigo. Todos los que me quieren y te quisieron me dicen que vos siempre vas a estar, que no te vas a ir nunca. Es una cagada haberte salido así, poco espiritual, de tomarse todo tan literalmente porque yo no veo que estés. La realidad es que ni estás ni vas a estar más. Tener un recuerdo en vez de tenerte acá significa que no hay presencia sino ausencia: hablamos de la gente que no está. Mejor saber que esto es así y no buscarte en estrellas, en mar, en tu cuarto, en fotos, ni siquiera en mi mente.

Se ve que ahora estoy en esa etapa. La tristeza se dispara y genera por hechos que señalan tu ausencia: la muerte de la Walsh, la peor navidad que pasé en mi vida, mi dedo mordido y la falta de tu abrazo, el cumple de la yaya que se aproxima y que no va a tener ni un gramo de "feliz" (eso de que una madre no tiene que enterrar a un hijo es una máxima espantosamente cierta). Supongo que es así ahora. Todos hablan del proceso del duelo (vos hubieras dicho mucho de eso y nosotros nos hubiéramos cagado de risa con tu palabrerío psicologista) y a mí me empieza a angustiar la idea de que va a llegar un momento en que ya no me voy a poner triste al recordarte. Es que ahora me resulta así: es tan doloroso que no estés más, como el hecho de saber que la gente puede acostumbrarse a estas cosas.

Es raro esto de escribirte cartas ahora. Fui tacaña: mientras vivías te escribí muy pocas y te dije poco que te quería. Incluso el día que moriste, mientras respirabas fuerte y tenías los ojos cerrados, quise decirte que te amaba mucho y que me sentía una afortunada por haberte tenido como madre, y no lo hice de pura cábala y miedo, de pensar que si lo llegabas a escuchar, en una de esas te dabas cuenta de que te estabas yendo y bajabas los brazos. Vos nunca mencionaste siquiera la posibilidad de que eso iba a ocurrir, a pesar de que estabas hecha mierda y del cansancio de todos los años de lucha, así que no iba a ser yo la que abriera el pico. Ahora sé que hubiera sido lo mismo, que te ibas a morir igual, independientemente de lo que yo pudiera hacer o decir.

Bueno, ma, te voy dejando, metafórica y literalmente. Ahora más que nunca voy a seguir escuchando a la Walsh. Voy a buscar en tu casa mi Dailan Kifki, como para ir preparándole a Benito una travesía lo más parecida a la que vos me regalaste.

Infinito amor, que como bien me enseñaste, es lo único que vale la pena.

Pau

viernes, enero 07, 2011

Fantasías animadas



A Benito no le gusta más Bob Esponja. Me mató: a sus dos años me proporciona una de las primeras desilusiones como madre. No solo porque de todas las opciones era la mejor y una que yo podía compartir con él (de hecho, yo veía a Bob antes de que él existiera), sino que además eligió como reemplazo a Jorge el curioso y a Mecanimales, que me resultan insoportables. ¿Qué es lo que me pasa que estoy tan intolerante? ¿Qué puede tener un monito como Jorge para que me produzca rechazo a mí, justo a mí, que pasé toda mi infancia viendo dibujitos? ¿Acaso Mazinger Z no era un robot también, como cualquiera de los Mecanimales? Sí, pero hay algo que diferencia a estas series de las de antes.

En principio, puedo decir que hay una nueva modalidad de producción que me fastidia: aquella que está pensada para cumplir una función que no es el mero, puro y sano entretenimiento. Discovery Kids, canal que emite los programas favoritos de Benito, es un exponente fiel de esta intención. Recuerdo una nota acerca del fenómeno de la serie Lazy Town, que una vez leí en Radar, en la que se hablaba de su efecto en niños de distintos países; entre otras cosas, la serie había fomentado exitosamente el ejercicio en los infantes, en ciertos lugares la venta de gaseosas había descendido y había un freno en la tasa de obesidad. Su creador, Magnus Scheving, comentaba en una conferencia de prensa cómo había sido el proceso en el que había concebido su producto: había detectado que en el mercado de las series para niños faltaba una que respondiera a las necesidades recurrentes de los padres: promover hábitos alimenticios y prácticas saludables, no mostrar violencia, reflejar ciertos valores, en definitiva, una serie que eduque. Y en base a esto se diseñó la idea radicada en clásicos temores de padres: siete personajes que representan cada uno un conflicto diferente (el niño egoísta, el goloso, el adicto a internet, etc) son diariamente salvados por un superhéroe que solo come verduras y frutas, se va a la cama temprano y nunca se olvida de cepillarse los dientes. Repugnante por donde se mire. Para educar, están los padres y de última, la escuela; a mí no me jodan. Entiendo que existan programas de entretenimiento que busquen un contenido educativo (esos de Canal 7 o Encuentro, por ejemplo), pero cuando se trata de una ficción para niños, no se puede permitir. Y menos si es una animación. De hecho, algo que salva a Lazy Town es que no es un dibujo por completo (mezcla animaciones gráficas con títeres y personas).

Los dibujitos animados (amo esta denominación, mucho más linda que monitos o animé) tienen una función mucho más solemne: potenciar la fantasía que ya existe en cada chico y mostrar otros mundos más absurdos que el que ya todos conocen. Un dibujito animado supone el infinito de posibilidades con las que una serie tradicional no cuenta. En la mente del creador comienzan de cero: una nena puede tener cuernos en su cabeza, las casas pueden ser todas circulares, de la boca de un humano pueden salir estrellas y todo lo que se les ocurra. Nada de esto implicará un problema de realización. Así, una esponja de mar puede tener la forma de la Mortimer y vivir debajo del mar, bañarse en la ducha y prender un fuego. ¿Qué sentido puede tener un dibujo animado totalmente realista? ¿Por qué no dejarle la estética realista a las tiras?

Jorge el curioso y los Mecanimales son creaciones que siguen el patrón de Lazy Town: vamos a enseñarle cosas a los nenes, vamos a hablarles de la curiosidad (¿qué es eso? -se preguntan los niños) y a explicarles cómo funcionan los elementos de este mundo y cómo deben comportarse. ¿Cómo un chico va a ver dibujitos hechos a la carta de los padres? ¿Estamos todos locos?

El mono Jorge es prácticamente un niño. Vive con un tipo que es bastante cagón (en vez de tener un pibe, se buscó un monito) y que lo trata como a un humano: le da órdenes complejas (más que las que se les dan a los hijos), lo envía a hacer mandados, lo lleva de vacaciones al campo, le enseña a pilotear cohetes sin ser él un astronauta, etc. En su vida cotidiana, Jorge se topa con personajes archibondadosos (de tan buenos dan asco) que lo ayudan a saciar su sed de conocimiento explicándole todo tipo de cosas. Como se plantea en estas coordenadas de lo real, siento que la serie me provoca todo el tiempo: como un niño me la paso cuestionando la escasa verosimilitud que presenta su argumento. En cuanto a Mecanimales, no puedo decir mucho: se trata de unos robots que se transforman para realizar misiones y que les hacen preguntas estúpidas a sus espectadores. Algo así como asistir todo el tiempo a un cumpleañitos infantil conducido por esas animadoras para las que todo sustantivo es diminutivo y de las que uno duda si efectivamente no se comportan en sus vidas cotidianas, así como lo hacen frente a los chicos. Las dos series son como fábulas del siglo XXI: han sido concebidas para adoctrinar, aunque la lección de ahora haya cambiado.

Cuando yo era chica veía She-Ra. Tanto He-man como She-Ra incluían al final, un parlamento a lo moralina que decía algo así como: "En la historia de hoy vimos como Skeletor buscó un atajo para llegar al poder sin realizar ningún esfuerzo. No se dejen engañar, aquellos que luchan, blablabla...". Nadie de mi generación le daba bola a eso. Nadie. Eso no era "la serie", no formaba parte de su esencia: era un agregado, una coda que le enchufaban. Parecía que alguien les había dicho al dibujante y al guionista: "Che, paren, ahora que ya terminaron con el delirio, metan alguna boludez que les guste a los padres." Y ahí venía eso de dejar en claro quiénes eran los buenos y malos, y todo eso.

Una de las razones por las que Bob Esponja me cae tan bien es porque no tiene la pretensión de ser útil para algo: solo parece estar pensado para divertir. Bob vive en un mundo submarino absurdo (bueno, no del todo, los peces están antropomorfizados, son como humanos, trabajan, compran en dólares, etc.). Es que el absurdo por completo no es divertido. Tiene que estar anclado en alguna realidad. Si no, no se produce el humor, que en definitiva ocurre si existe identificación. La misma lógica es la que hace que el absurdo no sea útil para dejar una enseñanza: debe existir algún tipo de realidad que sea comprendida y asimilada; mientras más real se vea todo, mayor eficacia.

La realidad en la que se basa Bob Esponja es la que nos muestra como irracional. Eso es lo que sucede en ese capítulo en el que Bob se sube a un micro que lo lleva fuera de Fondo de Bikini. Para regresar, se queda en la parada que está enfrente de una máquina de golosinas. Cada vez que decide cruzar la calle, pasa el bondi y lo pierde. Miles de veces y a todas las velocidades posibles. Si no lo conocen, mírenlo, que es imperdible.

Yo, mientras tanto, me quedo con lo que me dijo una vez el pediatra: "los hijos crecen sanos en la medida en que hacen exactamente lo contrario de lo que los padres le dicen que tiene que hacer". Odio este tipo de máximas, pero esta me gustó. Así que le voy a poner a Benito un capítulo de Jorge, nomás.

sábado, septiembre 25, 2010

Novedades

Hoy y todos los sábados de 19 a 21 hs. voy a estar pasando música en el programa "Lugares comunes". Pueden sintonizarlo on-line en www.ciclopradio.com.ar

domingo, julio 25, 2010

Top five de errores de la memoria de corto plazo

1- Darme cuenta, en el mismo instante en que la palma de la mano cargada con shampoo toca el cuero cabelludo, de que ya había realizado esa operación un minuto antes (aquí además hay un gran tema: ¿por qué en la segunda lavada siempre sale mucha más espuma?).

2- Buscar en todos los recovecos de la cartera las llaves que cuarenta y cinco segundos antes guardé en el bolsillo.

3- Las clásicas seis cucharadas de azúcar al café con leche.

4- Salir de casa con la expresa misión de comprar fósforos porque ya no queda ni uno y traerme de todo, menos los fósforos. Volver puteando al almacén después de haber intentado inútilmente el viejo truco del papelito en el calefón que se apagó mientras yo hacía esta maniobra.

5- Intentos fallidos de contar mis largos mientras nado:
un largo,
dos largos,
tres largos,
cuatro largos,
cinco largos (¿qué tenía que compar además de la leche?),
cinco largos,
seis largos,
siete largos (¡ah, cierto! ¡los fósforos!),
siete largos,
¿ya habré hecho siete largos?,
ocho largos, (¿este recién el el octavo?)
etc.

viernes, julio 02, 2010

El timbre de los yayos

Recién, mientras buscaba un post en este blog fantasma, me di cuenta de dos cosas:

1- Cuando lo abrí, dije que iba a armar dos top five que suelen generar polémica entre mis amigos. Uno es el de mis cinco comidas; el otro se refiere a nombres de calles de Buenos Aires. En estos días algo voy a publicar, no porque tenga ganas de escribir sobre eso, sino porque odio tener cosas pendientes.

2- En el post sobre la risa, no quedó asentada una de las mejores anécdotas familiares que involucran a la yaya y que provoca carcajadas por doquier: la historia del timbre de los yayos.

Vamos a resolver el punto dos.

Yo vivía con mis viejos, a la vuelta de la casa de los yayos. Tendría unos diecinueve años (no estoy segura de esto). No puedo decir con exactitud ni cómo ni cuándo comenzó todo. Sí recuerdo que al inicio sólo era un comentario que pasaba inadvertido y luego, en la repetición, fue cobrando fuerza. La cosa es que en un momento, el tema de conversación en casa era que los yayos estaban preocupados porque alguien les tocaba el portero eléctrico y cuando salían al pasillo a ver quién era, no había nadie (aclaremos que ellos viven en un departamento en planta baja que da a la calle, por lo que cuando suena el portero, se asoman al pasillo y miran quién está en la puerta del edificio).

La primera reacción colectiva se expresó en un tajante "Ustedes no le abren a nadie, ¿entendieron?". Pero como la cosa seguía, ya no alcanzaba con nuestra advertencia. Había que intervenir.

Mi vieja estuvo con ellos algunas tardes, esperando a que el maldito acosador de ancianos osara tocar ese portero eléctrico. Pero no pasó nada. Como ellos son bastante sordos y desde la calle se escuchaba todo lo que hacían y decían, creíamos que el tipo (sí, tenía que ser un hombre) al advertir la presencia ajena, se alejaba prudentemente.

Más tarde comenzó el verdadero operativo. La consigna fue la siguiente: cuando les tocasen el timbre, los yayos debían llamar a casa, dejar sonar dos veces y colgar (esta medida preventiva tenía que ver con que se escuchaba todo desde la calle, así que si el criminal oía el pedido de ayuda, obviamente iba a escapar). Ante la yaya-señal, quien estuviera en casa, debía salir inmediatamente y caminar la media cuadra que separaba nuestra casa de la de ellos. Así ocurría (o más o menos, bah). Como a la yaya le costaba entender eso de la clave, dejaba sonar unas cuantas veces más que las dos que habíamos convenido. Cuando uno atendía, podía escuchar una voz que, a lo ET, pronunciaba con su mejor tono robótico: "Timbre. Dos-veces. Suena. Timbre" y cortaba. Sucedió varias veces y cuando el que levantaba el tubo se recuperaba de semejante aventura, corría hasta la esquina y... nada.

Hasta que, luego de un tiempo, nos dimos cuenta de que había algo sistemático en ese plan. Solo sucedía los jueves a la noche: ya teníamos un patrón. Podíamos atraparlo.

El siguiente paso fue enviar un escuadrón, los jueves, para detectar la presencia de extraños en la puerta del edificio. Una vez mi vieja se quedó un buen rato ahí. Inmóvil, refugiada en el marco de la puerta del caserón de la esquina, casi se infarta cuando en plena oscuridad, le pasó al ras del cuerpo un policía que hacía su ronda. En esa ocasión no vio nada y los yayos dijeron que no les habían tocado el timbre.

El jueves siguiente, mi viejo y Esteban fueron hasta allá porque llamaron para avisar. Esa vez fue distinto. Un NN masculino estaba sentado en el cantero de la puerta, en una actitud claramente sospechosa. No salía nadie del edificio para abrirle. No entraba nadie, tampoco. No hablaba, ni siquiera fumaba un cigarrillo. Tampoco (hay que decirlo) tocaba el portero. No había ninguna razón que justificara su presencia, que duró una eternidad (habrán sido unos quince o veinte minutos). De pronto, sin motivo alguno, se levantó y se fue. Habíamos perdido la pista nuevamente.

Después pasó un tiempo, no recuerdo cuánto.

Un día, mientras merendábamos en lo de mis viejos, aparecieron los yayos. Estábamos conversando hacía un rato cuando a mamá se le ocurrió preguntarles por las novedades del caso. El yayo, como si su comentario no tuviera ninguna trascendencia, como si nadie estuviera escuchándolo, como si hablara del clima, respondió: "¡Ah, cierto! Me olvidé de contarles: ya sabemos qué está pasando". Y dio la explicación más contundente, lógica y genial que podía existir. Los jueves, siempre a la misma hora, veían Hora clave, el programa de Grondona. El asunto es que cuando el tipo llevaba a un invitado, le daba un tiempo estipulado por reloj. Cuando su turno terminaba, sonaba una chicharra que, dado el nivel con el que retumbaba en ese televisor, tenía el mismo sonido que su portero eléctrico. Por eso nunca había nadie en la puerta. Y si alguna vez hubo alguien, bueno, qué equivocado que estuvo en estar sentado ahí a esa hora y ese día. ¡Y pensar que aquella vez casi seguimos al tipo ese, pobre, que vaya a saber qué cuernos hacía ahí, sentado sin hacer nada, sin tocar nada ni joder a nadie!

lunes, junio 21, 2010

¿Alguien con cuenta en Taringa me hace un favor?

Un piola, de esos que siempre existen, ubicó cómodamente su mouse sobre el texto de mi post sobre la chocotorta, luego con ctrl + A, seleccionó el texto por completo, lo copió, lo pegó y lo publicó como si fuera suyo en Taringa.

Y encima me tengo que comer comentarios de idiotas que me escriben para decirme que soy yo la que roba. En fin, alguno que tenga cuenta en Taringa y no sea "novato", que comente el post http://www.taringa.net/posts/recetas-y-cocina/3755744/Receta-de-una-buena-chocotorta.html#cielo y le mande muchos saludos de mi parte a ese pelagatos.

martes, julio 14, 2009


¿Alguna señorita anda buscando borcegos al estilo de los Dr Martens?
En este lugar los hacen.

Otro

viernes, mayo 22, 2009

Burp! Barf! Puaj!

Ayer mientras volvía de visitar a mis viejos, venía pensando en cómo extraño sentarme frente a la computadora y escribir sin apuro, con tiempo para disfrutar del acto per se. Había estado masticando un tema que me conmueve, como para volver a empezar con entusiasmo y lograr que los tantos avatares que tiene mi vida cotidiana no me distraigan de algo que tengo ganas de hacer. Había decidido que si lograba llegar temprano a casa, acostar al niño y dormirlo sin escándalos, iba a encarar el tema pendiente; sin importar que al día siguiente tuviese que madrugar.
A las 22.30, en la casa de los abuelos tenía casi todo resuelto: primero un baño, luego la cena; faltaba el sueño, que llegaría sí o sí gracias a la combinación letal que es auto + mamadera.
Visualizaba una noche tranquila, hasta que un mínimo acto fisiológico lo arruinó todo. Una aislada e insignificante tos desencadenó una náusea, la náusea desató una arcada, la otra arcada, un vómito, y ese vómito liberó todo cuanto alimento se encontraba almacenado en el pequeño cuerpo. La sillita del auto, en el cumplimiento a la perfección de la función inmovilizadora, terminó de convertir la noche en una pesadilla: se podría decir que un noventa porciento de lo "eyectado" fue a parar al cuerpo del infante, distribuyéndose entre cuello, campera, sweter, camiseta, pantalón, manos, medias y zapatitos. El resto fue a parar al tapizado de la sillita, al cinturón, al plástico en el que se encastra y sí, obviamente, a mi vestimenta.
Sin muchas ganas de ponerme escatológica, debo explicar que la limpieza de determinadas sustancias no puede esperar. No solo por el olor con el que logran impregnar a lo que tocan, sino también porque muchas veces determinados ácidos corroen y arruinan tejidos dejándolos inutilizables. Así que hasta las 12.45 am, aproximadamente, estuve lavando: primero al sujeto auto-vomitado, después la ropa de ese sujeto (o sujetito, debería decir), luego tapizados, plástico, toallas usadas, mi ropa y otros etcéteras que iban apareciendo casi por arte de magia. Luego de esto, por supuesto, me quedó un bebé desvelado. ¿Qué hacer? Nada, no se puede hacer nada. Sobre todo si este bebé no gusta de dormir como una.
Así que bueno, ¿qué les iba a contar? Ya no importa.

miércoles, julio 30, 2008

Lo bueno de tener perro



Desde hace ya unos meses soy una integrante más del mundo de los poseedores de perros. Debo decir "mundo" porque realmente creo que se abre una nueva dimensión: si no fuera por Mona, jamás me hubiese dado cuenta de la cantidad de veterinarias que existen en esta ciudad, ni se me hubiera cruzado por la cabeza conversar con nadie en la plaza, ni muchísimo menos podría haber imaginado la existencia de¨clanes de vecinos¨que se juntan allí a socializarse con la excusa de estar socializando a sus mascotas.
Desde que tengo perra, de boca de los que comparten esta experiencia, escucho todo tipo de comentarios sobre las ventajas de tener una mascota perruna: que son muy fieles, que son muy cariñosos, que no te reprochan nada, que siempre te reciben como si no te hubieran visto en años, que son como hijos, que te "sacan" de tu casa cuando estás deprimido/a, que son buenísimos para los chicos, etc.
Comparto muchos de estos puntos de vista (creo que cuando uno quiere a su perro, no puede dejar de adscribir a estos postulados: no hay salida, es indefectiblemente así). De todos modos, yo estuve pensando un poco y llegué a la conclusión de que lo más destacable no pasa por ninguna de las razones anteriormente esbozadas. Para mí, lo mejor de tener perro es lo que uno termina diciendo o pensando gracias a la presencia en nuestras vidas del amado pichicho: con frecuencia me escucho a mí misma esbozar ideas que jamás imaginé que podrían salir de mi boca (o lo peor, de mi mente).
Debería grabar alguna de las conversaciones sobre las "gracias" de nuestros cachorros, que suelo tener en el parque. Cualquiera sería botón más que suficiente para sustentar lo que digo.
Aquí va un diálogo con la dueña de una cachorra de labrador:

-Yo: ¡Uy, mirá, se te fue..!
-Dueña de labrador: ¡Ah, sí! Fue a hacer sus necesidades, a ella le gusta estar sola en esos momentos.
-Yo: Ajá. Esto prue
ba, entonces, que lo que pensaba sobre Mona no es tan descabellado: ¿no te pasa que cuando la sacás con la correa y de golpe para en la calle a hacer número dos, te mira con un gesto púdico? A mí me da la sensación de que la perra está queriendo decir "y bueno... no me gusta que me mires cuando estoy haciendo, pero con ese collar que me ponés, no me queda otra que hacerte partícipe...
O incluso, cuando era más cachorrita, me parecía que me decía: "¿es esto lo que querías, verdad? Tomá, te la dedico... "
-Dueña del labrador: Síiiiiii... sabés que sí... A la mía parece que le diera vergüenza delante de mí.




La más grave creo que fue esta:

Yo (viendo pasar un perro callejero): Ay, pobrecito... La verdad es que ahora entiendo un poco a Nicole Kidman (en realidad quería decir Nicole Newman, pero bueno, me las confundo).
Gaby: ¿¿??
Yo: y sí... es que ahora me dan pena los perritos abandonados...


Ok. Reconozco que esta última de Nicole es grave... pero: ¿debería callar estas intimidades? ¡Naaaaa! Todos tenemos un costado sensiblemente incorrecto: a mí me tocó con la perra (no se asusten, no le voy a festejar el cumpleaños a lo yanqui, en un pelotero para perros) Así que mientras la cosa no esté para medicar, ¡ventilemos nomás!

domingo, abril 20, 2008

Viento del sur

... o lluvia de abril
quiero saber
cuándo piensan venir.

Y que sea ya mismo, porque esto del humo no se banca más. Y ni les cuento cuando una tiene predisposición a las alergias respiratorias.
Y yo pregunto: a los pibes estos que dicen que ellos no prendieron los pastitos, porque "en esta época no hay brote"... ¿no se les cae la cara de la vergüenza? ¿quién puede ser tan ingenuo como para creer en esa versión, cuando mirando el mapa se ve claramente que los foquitos son unos cuantos como para ser "accidentes" u "obras de un pirómano"? ¿hasta cuándo en este país cada uno va a seguir haciendo lo que se le canta, fumándose a los demás (nunca mejor empleado el término)?

Quería escribir sobre otras cuestiones, pero el humo me quemó el cerebro y las ganas.
Iba a contar algo que pasó hace unos meses, cuando acá cerquita de casa desalojaron a unos cartoneros que habían copado la barranca de Belgrano. Otro día.

domingo, febrero 24, 2008

Meme

Epa, ¡qué título! ¿Esperaban un tratado sobre la mamadera? OSOOOOOOO. Todavía no estoy tan pendiente del "temita". Ya van a tener oportunidad de verme perturbada por todo tipo de trivialidades relacionadas con la maternidad y sus alcances. Pero todavía no he entrado en el mood.

Resulta que venía pensando en escribir sobre mi nueva vida en el mundo de los felices poseedores de mascota. Estaba haciendo mi crónica mental de cómo había cambiado mi vida desde que Mona llegó a casa y de lo idiota que me siento hablando todo el día de la perra, viendo Animal Planet, charlando con vecinos en el parque sobre las "gracias" de nuestros canes y acariciando cuanto perro pase a mi lado. Pero, afortunadamente, llegué a sana conclusión de que esto no le interesaría a nadie más que a mí.
Por suerte, paseando por los blogs que leo habitualmente, encontré una excusa perfecta para volver al ruedo. Bater, de Mantantiru, me extiende una invitación (llamada "meme" en el vocabulario del blogger cool) que hallé entretenida. La cosa está perfectamente explicada en su blog (en este post), así que no necesito gastarme en el asunto, pero como para que capten la mecánica, les aclaro que un "meme" supone que un blogger le pasa a otro una consigna que, aparentemente, implica ventilar ciertas cosas de su intimidad. Este tiene que responder eso en su blog y continuar la cadena.

No suelo engancharme en este tipo de cosas, principalmente porque odio las cadenas. Soy una ortiba total con esos e-mails a reenviar, incluso cuando hay causas justas. Recuerdo que una vez recibí por varios lados un correo que hablaba de una veterinaria que cerraba y que por este motivo quedaban no sé cuántos perritos a la deriva, que serían sacrificados si no lograban que la gente los adoptara. De por sí, el mensaje era bastante ridículo: ¿por qué habrían de sacrificarlos?, ¿acaso no hay organizaciones que protegen a los animales y que podrían hacerse cargo?, ¿cómo podía ser que una veterinaria anduviera diciendo así nomás, sin pelos en la lengua, que si no los re-ubicaban, los liquidaban y chau asunto? A mí me pareció todo muy extraño, y además, cuando vi el número al que supuestamente había que llamar, se trataba de una característica que evidentemente, no era de acá (pongamos un 64324-3212, por decir algo). Así que borré el mensaje. Pero eso no fue todo, dado que a los pocos días, otra persona que creía estar haciendo el bien me envió el mismo texto, que se diferenciaba del anterior en un detalle muy curioso: alguien, también con la mejor de las intenciones, aparentemente "se dio cuenta" de que la característica no existía en Buenos Aires y entonces, pensando en que se había producido un error, le quitó al número telefónico el primer dígito, lo cual derivó en una combinación posible (pongamos que, sacando el 6 de mi ejemplo anterior, queda algo así como 4324-3212). Para qué. Pobre el que de pura mala suerte fuera el "feliz poseedor" de esa línea. No puedo imaginar hasta qué parte del árbol genealógico de la puteada, habrá llegado el insulto. En fin, harta, se me ocurrió copipastear en el Google una parte del texto del e-mail y ¡oh, sorpresa!, aparecían cientos de entradas de gente que contaba que ese correo había sido un chiste originado en Perú (o algo así), pero que circulaba en varios países, y que la gente lo reenviaba sin parar porque NO LEÍA LO QUE DECÍA.

También detesto esos augurios de mala suerte o felicidad que dependen de continuar haciendo circular un mensaje idiota, que mucha gente no corta, por miedo supersticioso a futuras represalias del hado. Así que como la consigna que recibí no contenía ninguna amenaza, ni obligación, ni nada más allá que no sea disparar algo y que el que quisiera se divirtiera, me pareció aceptable. Supongo que también me resultó atractiva por su facilidad para generar empatía: creo que todos podríamos, mal que mal, responder algo sobre la cuestión. ¿Y cuál es la cuestión? Ocho cosas que querés hacer antes de morir. Sé que tiene un título bastante salame, pero bueno, a veces uno se prende. Por lo menos a mí, a pesar de lo absurda que me parece la idea de pretender armar una lista que reduzca a ocho, las dos millones de cosas que sospecho ahora que quiero hacer antes de palmar, me interpeló y no pude dejar de pensar en eso.

Aquí la respondo y voy a optar por evitar las grandilocuencias del tipo "realizarme en mi vida laboral, trabajando en aquello que alimente con creces tanto mi experiencia profesional, como mi bolsillo y blablabla" o eso de "plantar el arbolito, tener el pibe y escribir el libro" (que en mi caso, se reformularía en "mudarme a una casa con jardín y pileta de material, que el chico no me salga de paladar exigente, y seguir teniendo tiempo para escribir cuanta boludez me dé la gana en mis blogs). En vez de este tipo de sarasas, prefiero exponer cosas mucho más trascendentales que REALMENTE son cosas a resolver.

Para seguir el trencito, copio acá las reglas que debería tener el juego:
  1. Cada jugador comienza con un listado de ocho cosas que quiere hacer antes de morir, no importa las que sean, pero ocho.
  2. Hay que escribir esas ocho cosas en su blog, junto con las reglas del juego.
  3. Hay que seleccionar a ocho personas más, invitarlas a jugar y anotar sus nombres o el nombre de su blog.
  4. Es importante no olvidar dejar un comentario desde donde nos invitaron a jugar.

Voy a hacer una pequeña modificación a la regla número 3 y en vez de hacer yo la selección de los "invitados", optaré por anunciar la entrada gratuita y pedir que el que quiera ser participado, lo anuncie en los comentarios, así yo luego lo pongo en mi lista. Sospecho algunos se verán más interesados por la convocatoria (¿Ninio Verde y Monito?). No sé si otros bloggers que leo se sentirían cómodos con la propuesta (¿Andy? ¿Ricky?, ¿Mr. John (Smith) Steed ? ¿alguno del Baile Moderno que quiera hacer su listado de deudas musicales?) así que lo dejo abierto y, como ya dije, si a alguien le interesa, se prende y listo.

Acá va un arbitrario extracto de mi repertorio:

1- Inventar la máquina detectora de personas sentadas en el colectivo que estén a punto de bajarse.

2- Conocer en persona a James Paul McCartney, darle un abrazo, decirle con toda la confianza del mundo: "¡Paul, no sabés cómo me cambiaste la vida!", y luego irnos juntos a tomar la leche (yo la leche y él su té).

3- Viajar a Estocolmo (en verano, obvio).

4- Tener otro perro de agua español (macho, así Mona tiene guardaespaldas) y ponerle de nombre "Chubaka" (Chewbacca, para los fans).

5- Tener otro superpoder (ya puedo ser invisible, así que supongo que me gustaría que Flash me pasara algo de su rapidez sobrehumana, que me vendría bien para no llegar tarde a todos lados, y sus superreflejos, que usaría para matar a todos los mosquitos del mundo).

6- Conseguir un dispositivo torturador de aquellos mosquitos descarados que osan pasar cerca de mis orejas de noche (sí, ok, tengo una obsesión con ellos, pero ellos también la tienen conmigo y conste que ELLOS la empezaron).

7- Perfeccionar mis pasos de breakdance (cualquiera puede hacerlo; si tienen algún problema, pueden chequear este sitio, que explica ¿¿¿por escrito??? cómo hacer los primeros pasos: ¡Sí, chicos, inténtenlo en sus casas, pero cuando se vayan todos! (y ¡ah!, les aconsejo que si tienen mesa ratona, la corran; en especial si es de las que son de acero con extremos altamente puntiagudos).

8- Llegar algún día a tener a mi propia/o cocinera/o que me solucione el maldito problema cotidiano de andar pensando en qué voy a comer sin que se me ocurra nada más allá de los archiagotados fideos con aceite o el sanguchito de huevo y queso (sí, para algunas cosas mi imaginación presenta fallas astronómicas).

Como podrán imaginar, tengo más, pero me las guardo (así no se cumplen).

domingo, noviembre 25, 2007

Receta de una buena chocotorta

La buena chocotorta debe respetar el espíritu con el que este encantador postre es asociado tradicionalmente: el de la fiestita infantil. Con esto no quiero decir que cada vez que vayamos a hacer nuestro amado dulce, tengamos que inflar globos, decorar la casa con pósters de Transformers y ponernos la nariz de payaso. Más bien intento esbozar una hipótesis que tiene como primer postulado esta idea: para un éxito seguro, debe existir en el momento de la preparación cierto clima lúdico. Una chocotorta sincera debe ser desprolija y desmesuradamente infantil, y debe, además, exhibir la correspondiente alegría inocentona (lograda muchas veces a través del clásico recurso del coloreado caminito de M&Ms decorativos).
No soy de las personas que guardan sus secretos bajo ocho llaves (curiosidad para otro post: ¿por qué el número ocho es tan usado para nombrar la idea de una cantidad exagerada? -véase las frases "di ocho mil vueltas para estacionar", o "te lo dije ochenta veces"). Decía -no nos distraigamos, Violeta- que no me gusta atesorar data, ni soy como aquellos que conservan determinadas informaciones para ejercer poder o cobrar algún valor ante los demás (todos tenemos a mano algún familiar que no revela la receta del éxito de su carne al horno: "No, te juro que no le pongo nada; bajé la receta de internet") . Así que ya que no soy canuta con mi música, ¿por qué habría de serlo con un yeite chocotortístico? (que bien vale mencionar, me lo pasó mi cuñada Ale)

La cosa pasa, les comentaba, por este espíritu del juego tan ausente en esos cocineros modernos de la televisión, que parecen técnicos de laboratorio; pero también existen algunos recursos.
A saber:

Galletitas
Chocolinas de Bagley, obviamente. No sé si alguien incursionó en otras marcas, pero yo acá sigo al espíritu clásico. Número de paquetes: depende del molde, claro está, pero yo opto por tres (cuatro como mucho, si vamos a rallar galletita para decorar).

Ingredientes para la mezcla
La chocotorta posta se hace con Mendicrim, pero debo confesar que he tenido gratos resultados con Casancrem. Para mejor consistencia, sacar el agüita antes de unirlo al dulce de leche. En lo referente a este manjar y su marca, bueno, es un tema bastante polémico. Yo prefiero La Serenísima estilo colonial, pero acepto otros criterios.
Cantidades: acá está el quid. Mi cuñada, una experta en la materia, tiene un secreto (que deja de serlo en este preciso instante): dos potes de dulce y dos potes de queso crema. Así como lo ven escrito. Dos. Sí, de cada uno. ¿Que sale cara? Sí, siempre fue cara la chocotorta. Ahora es más cara, pero bueno, es un gusto.
¿Por qué tanto? Porque la hago helada: pongamos que se trata de una "frozen chocotorta".

Mojado de la galleta (¡qué titulo!)
Hay gente que la moja en café, exóticos que prefieren almíbar, otros que lo hacen en café con leche, etc. Yo voto por leche. En el caso de la versión chocotorta-reload, deberá estar fría para no ablandar demasiado a nuestra querida galleta.

Preparado

Una capa de galletas humedecidas, una capa sarpada de mezcla.
Otra capa de galletas humedecidas, otra capa más sarpada todavía de mezcla.
Una última capa de galletas humedecidas, una última capa no tan sarpada de mezcla.
(¿Cómo? ¿Sarpada va con "s"? Sí, aunque se vea pésimo, tengo entendido que viene del resve de "pasarse" y no de "zarpar")
Condición: el molde deberá ser muy hondo, para poder contener la chorreante, desbordada y desquiciada preparación. Vale chuparse los dedos.

Una vez armada, decorar y colocar en el freezer por unas horas. Servir helada (no congelada).

Musicalización para el momento de la elaboración: todo lo que suene a experimento, juego, onomatopeya, pandereta, palmas, coritos y sunshine pop. Si les interesa una playlist, en otro blog armé una especialmente para este momento. Ver acá

PD: si les gustan los programas de cocina, vean Cocineros de verdad, por canal Metro, los jueves a las 13:00, domingos a las 2:00 y martes a las 16:30.

martes, octubre 23, 2007

La conjura de los yesos

A ver, vamos por partes. ¿Creen en las casualidades? ¿No? Bueno, presten atención a este diálogo vía mail entre mis amigas y yo (está todo en mi casilla de google groups, se lo juro).

L: No sé si puedo ir el jueves porque mi novio está enyesado y (blablabla)

K: Es la época, mi hermana también estuvo enyesada hasta hace dos días...

Yo: Ah, no... lo de "es la época" para referirse a la serie de "enyesamientos" es insuperable.

K: En mi laburo enyesaron a 2 la semana pasada, también!!! Está de moda el yeso, che!!!

C: Y sí, es la época. Petra tuvo la última operación ayer y...yeso!!!!!!!!!!! (Petra es la gata de C)

L: No puedo creer que a tu gata también la enyesaron... eso sí es insólito. Los gatos siempre caen bien parados...

Yo: (inmediatamente luego de cortar el teléfono con LK, otra amiga) Ah no........¡NO SABEN LO QUE ME ACABA DE PASAR! Me llamó LK para contarme que el domingo, bajando por la escalera se cayó y........LA ENYESARON!!!!!!!!!!!!!!!

Al instante, se inauguró la sección teoría: L sacó la conclusión de que la gente sale más, no se queda en su casa como en la época invernal, viendo tv, morfando a lo loco... Entonces, al salir más, se expone a los peligros del mundo exterior.

Creo que esta hipótesis, a pesar de ofrecer una explicación muy tentadora, podría refutarse si pensamos en otras primaveras: yo no tengo la impresión de que cada vez que surge el primer calor, automáticamente uno comienza a escuchar comentarios de personas accidentadas (pero, bueno, no sé, tal vez sea yo que nunca presté atención a estas anécdotas). Así que voy a esbozar otra opción.

Para mí, se trata del efecto "pumas". El fenómeno se produce cuando la gente comienza a creerse un Pichot, un Ledesma, o un Hassan, que en los partidos se la pasan poniendo el cuerpo contra todo lo que se venga, recibiendo patada, manotazo, cabezazo, pechazo, y después están enterísimos, charlando con los periodistas y bromeando (¿cómo cuernos hace Pichot para conservar su "carilindismo"?). Entonces, claro, esa persona que ve el encuentro de rugby como si se tratara de un evento que "realmente está sucediendo", después se va a jugar al fútbol, creyendo que si pone la pata no pasa nada y ¡zas!, a la primera de cambio le partieron, mínimo, un peroné.

Yo solo les digo algo: Señores, eso que ven es ficción. Está trucado, usan efectos especiales y, a veces, dobles de riego; esas piñas que se dan son "espectaculares", en el sentido literal de la palabra. No crean en nada de lo que ven por tv porque ya pueden apreciar lo que sucede después: que dos semanas sin pisar; que 20 días sin poder mover la mano que, justo, es la derecha; que pica todo porque hace calor... Después no se quejen. Yo les avisé: "Niños, no hagan esto en sus casas"

domingo, octubre 07, 2007

La yaya dixit 3




(Mamá, papá, el yayo, la yaya, Gaby y yo en el cuartito de Laia viendo en un mini-monitor de computadora Boca-River por internet. La yaya, bastante aburrida, no para de hablar en un continuo intento de conseguir que alguien le de algo de bola.)


Yaya: Neeeena. Decime la verdad. ¿Tu madre no fuma más?
Yo: No...
Yaya: ¿Ni a escondidas?
Yo: Bueno, si fuera así, yo tampoco me enteraría.

(Dos minutos después)

Yo: Yaya, mirá que falta un partido más. Mirá que ahora juegan los Pumas.
Yaya (acerca su cabeza buscando mi complicidad): ¿Quién fuma?
Yo: (elevando el tomo de la voz) QUE A-HO-RA JUE-GAN LOS PU-MAS
Yaya: Claro, el que juega no fuma.

(Nunca me gustó Condorito, pero acá debería ir un Plop!)

Mañana jueves 11 de octubre la van a poder apreciar en su totalidad, ya que estará cocinando una tortilla de papas en el programa "Cocineros de verdad", de la señal Metro (canal 13, en Cablevisión). Se emite a las 13.00 hs. y se repite el sábado a las 2 de la matina (mejor dicho, el domingo).
Y como si esto fuera poco, señoras y señores, en el programa también estará Gaby, con su ya clásica tarta de manzana. Si tienen tiempo, se los recomiendo.


ACTUALIZACIÓN:
A LOS QUE SE LO PERDIERON AYER, LES CUENTO QUE LA SEÑAL AGREGÓ UNA EMISIÓN MÁS, LOS MARTES A LAS 16.30 hs.

BONUS TRACK:
ACÁ ESTÁ EL PEDACITO QUE QUEDÓ ARAFUE PARA NO HERIR SUCEPTIBILIDADES (¿se acuerdan de cuando Argentina quedó eliminada del mundial? Bueno, parece que los editores se confundieron de grabación...)



miércoles, septiembre 26, 2007

Me alegró la tarde

Un amante del "collage callejero" tomó prestado este afiche de la vía pública:


Recortó de este lo que necesitaba:


Y al pasar por Luis María Campos y Dorrego, encontró una pancarta en donde pegar su recorte, lo que dio como resultado algo así como:


Me alegró el viaje en el 118.