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Korn

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En otro tiempo, yo quería ser la novia del chico más malo
de un pueblo lejano y ajeno a mí.
En ese entonces, los canallas te adoraban
como si fueras una exótica princesa rusa,
Y de un día para el otro, soltaban tu mano en la calle cuando pasaba una más tonta.
Cortaban con vos, así nomás, con la mano y con un fierro,
que te clavaban en la muñeca, primero, y después en la garganta.

Te decían que por tu culpa, ahora los llamaban maricas.
Te decían que lloraban por vos, y sonreían ingenuamente.
Ellos no tenían balcones para escupir a los de abajo,
así que se asomaban a las ventanillas del tren,
y alguno que estaba a la misma altura, en el mismo camino, quedaba estampado.
¡Ajjj! ¡Tzzzrú!
Ligaba la saliva ligada con moco de estar todo el día en la calle sin bucito.
Y con eso se reían tanto, pero tanto.
Sabían hacerlo porque podían estar todo el día libres
de paredes,
de deberes,
de madres que los corrieran  para ponerles el bucito y bajarlos del tren.

En aquella época, vivir encerrado era un lujo
y detonábamos nuestro salvajismo cuando veíamos que el piso podía ser verde o marrón,
y el techo celeste y el horizonte multicolor.
En cambio, nos divertía el gris mugre de las uñas de los pies
de los nenes guarros,
y queríamos tener, como ellos, la suela de las ojotas de goma resquebrajada, para tocar un poco el piso con los pies.

No sé en qué momento dejó de ser poesía la ruta a Korn.
Dejaron de parecerme hermosas las casitas al costado
y hermosos los puestitos y la estación, y los bolsos de lona marca New Orleans
de los viajeros del tren.
No sé en qué momento me dije que los nenes reos hablaban tan mal y poco.
No sé en qué momento dejé de ser rusa para alguien,
en qué momento comenzaron a gustarme más las remeras bien estampadas,
la coca marca coca, las palabras escritas más que las habladas.
No sé cómo llegué a esto que soy y ya fui.
Quisiera volver a ese barrio, a ese pueblo, y ya nada de todo eso existe.

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