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Cosas que me gustaría que me gustaran

La idea es listar todas aquellas cosas que desearía poder disfrutar porque noto que ofrecen grandes satisfacciones a los demás, pero que en mi caso no producen ningún tipo de placer.

Rubro Comidas:

-El chorizo y su gran hijo el choripán: no hay caso, lo huelo y me da asco. Sé que me estoy perdiendo de algo único, pero no puedo lograr que me guste. No me sucede lo mismo con la morcilla. No tengo ningún interés en que me guste.

- El Nesquik: la merienda en casa era sagrada y las chocolatadas, habituales. Todos (hermanos, primos, amigos, colados) tomando nesquik menos yo. Creo que poder tomarse un Nesquik con vainillas a las 5 pm es seguir siendo niño un rato más (igual no desespero, yo encuentro otras formas).

- Los alfajores: apenas tolero los de tapa dura, pero no lo consigo con los blandos. Este tema ha despertado serios debates.

- El choclo: varias veces lo intenté en alguna playa brasilera, con las mejores condiciones que podrían darse y no funcionó...Una lástima.

Rubro deportes:

-Salir a correr: definitivamente, tengo un espíritu larva bastante desarrollado. La sensación del "después" está muy buena, el problema es arrancar...

Rubro música:

-Bob Dylan y el folk en general. No me maten. Me estoy perdiendo de algo, lo sé. Pero todavía no me llegó la hora (de todos modos, Ricky Lee Jones me encanta). Tampoco me muero por el blues, pero es diferente. No tengo demasiadas intenciones en convertirme en amante del blues.

Rubro danza:

-Bailar tango. Quise. Probé y no funcionó. Aparentemente no soy propensa a los movimientos lentos, continuos y ligados. Más bién diría que tengo un espíritu "espástico". Durante mis escasas clases de tango, descubrí que soy una persona muy eléctrica. Por ahora lo mío es bailar pop, break- dance, algún que otro ritmo brasilero...

Harta de las picadas

No debería usar “harta”. Es una palabra que me suena muy suave, sin fuerza. Es, un poco, como decir “hinchada las bolas”: no representa cabalmente una sensación como la que yo tengo, que es una mezcla de hartazgo, indignación, desilusión, y otras cosas más. Pero vamos a quedarnos con “harta”. Estoy harta y lo pronuncio “hAARRRRRRta” de las picadas de autos que se corren en zonas que están urbanizadas. La última vez que las sufrí en carne propia, venía en auto en dirección a mi casa y, en distintos puntos de la avenida Libertador, nos pasó bien finito una caravana de pelotudos que iban a una velocidad que no podría calcular pero, les juro, asusta a cualquiera.

Mi reacción inmediata fue la puteada, por supuesto. Entonces, le comenté a mi novio que este tema me sacaba y que no podía creer que siguieran corriendo picadas en la ciudad después de todos los accidentes que hubo por esto. Recuerdo que él me dijo “bueno, ¿por qué no vas a hacer una denuncia?”. Yo ni siquiera había contemplado la opción. Me daba pereza, pero me pareció que tenía que hacer eso y fuimos hasta la comisaría. Cuando llegué, me preguntaron qué necesitaba y yo les conté que en Libertador estaban corriendo hacía un buen rato y que en la estación de servicio de la calle La Pampa estaban todos los autos preparándose para salir. Bueno “andate para tu casa que ahora vamos a ver”, me respondieron con una absoluta naturalidad. “¿Nadie les avisó antes que yo?”, pregunté. “No. A veces llaman para quejarse, pero hoy no.”

No es importante saber si fueron o no, porque éste no es el punto que quiero señalar, pero, para terminar con la anécdota, les cuento que sí, fueron, rajaron a todo el mundo a su casa y chau, a otro tema. Pero mi tema es que la cosa siguió. Soy testigo: vivo cerca de Libertador y con frecuencia me despierto a la madrugada por las frenadas y, a veces, algún choque. Testigos son también los tipos de la estación de servicio. Ellos están laburando en una curva jodida de la avenida, lo que parece ser una parte “emocionante” del recorrido. ¿Alguna vez hicieron algo? No lo creo. Aparentemente, nadie piensa que algún día puede pasar algo y nadie se mueve.

Una sensación similar tuve el otro día cuando, a punto de cruzar la vía del tren en la esquina de casa, me detuvo un empleado del ferrocarril que está especialmente contratado para detener a silbatazos a la gente que, a pesar de que ve la luz roja, la barrera baja y escucha la señal sonora, cruza igual. Parada ahí, pude observar como todos los que pasaban debían ser advertidos por este hombre y muy pocos le hacían caso. En ese cruce hay una curva y el tema es que cuando un tren que va hacia una dirección sale de la estación, el otro que llega no se ve. Y es muy peligroso. Para todos, no sólo para el que cruza, sino también para los que van arriba del tren.

Este tipo de episodios parecen ser parte de una lógica que nos conforma y de la cual pienso que va a ser muy difícil salir. Digo: yo también iba a seguir cruzando, a pesar de que el tipo me tocaba el silbato y me hacía que no con la mano. Tal vez algún amigo mío haya corrido picadas viviéndolo como una aventura y no como un crimen. Y etc.

Veo por la tele a los padres de los muertos en Cromañon queriendo comerse crudo a Chabán y los comprendo, siento una tristeza terrible, pero esa gente jamás va a entender que una cosa así pasa porque hay una irresponsabilidad colectiva que está presente en todos nosotros y un mal día pasan cosas grosas como lo que pasó. No sé si ellos tienen que entenderlo, no les sirve de nada. Pero, ¿y los demás? ¿El periodismo, por ejemplo? ¿Los políticos? ¿Mis amigos? ¿Mis vecinos? ¿Los demás qué?