Todos los de mi edad debemos haber pasado por la experiencia del baile o asalto durante nuestros años de la primaria (y también, por qué no, al inicio del secundario). No sé sobre qué extraño indicio me estaría basando, pero yo pensaba que eso ya era cosa de otro tiempo, que ya no corría más. El otro día cuando volvía de la pileta me enteré de que esa costumbre sigue vigente: por la ventana de una casa pude divisar a varias parejitas de chicos de unos diez u once años bailando lentos. Se notaba cómo las chicas ponían el codo sobre los hombros de los varones para frenar futuros y altamente probables acercamientos iniciados por ellos. La imagen me partió el corazón.
Recuerdo a la perfección mi primer asalto. Estábamos en cuarto grado y fue en la casa de Vanesa, que vivía en mi cuadra (por eso me pude quedar hasta que todos se fueron y volví sola a casa, súper emocionada). Había mucha expectativa para el momento y fue superada. Todo salió mejor de lo que habíamos esperado. Bailamos primero unos rápidos para entrar en calor (Madonna y Michael Jackson a la cabeza, seguramente) y después se vinieron los lentos. Para mí, danzarina desde la primera hora, el trámite de los lentos era un embole. Igual accedía a bailar con todos sin problema (supongo que por cortesía nunca decía que no, aún a los que no me gustaban ni un poco).
Durante los primeros años de bailes, el momento que más disfrutaba transcurría en la primera hora, que se había establecido como la de los bailables. Me armaba mis propias coreografías y no paraba de saltar (¿Dónde estará ahora Daniel, el chico coreano que me enseñó break-dance? Él y su familia habían llegado hacía muy poco de su país y me aseguraba que allá lo único que se pasaba en las fiestas era break-dance y que todo el mundo lo bailaba bien. Daniel no quiso tener por discípulo a nadie del grado -supongo que para no perder protagonismo en el tema- pero yo le insistí tanto que lo convencí y me dio algunas clases durante los recreos).
Con el tiempo, la cosa fue cambiando. Debo admitir que me puse más romántica y ya por los doce o trece me encantaba eso de bailar lento con el chico que te gustaba, estar abrazados cada vez más cerca, mirarse después de planearlo durante una hora y media, y fingir que uno "deja" que el beso llegue. En fin, es cursi y lo sé, pero no me digan que no estaba buenísimo cuando se te daba.
Ayer escuché en la radio "Live to tell" de Madonna y se me puso la piel de gallina porque ese era mi lento favorito. Lo bailaba a toda costa, me sabía la letra, me parecía la canción más triste de todas las que conocía (mis lentos favoritos eran inevitablemente trágicos). Tratando de recordar qué otros me gustaban, me vinieron a la cabeza "Total Eclipse of the heart", de Bonnie Tyler, "The Captain of Her Heart", de Double, y otras cosas por el estilo. La verdad es que ahora no podría sostener defensa de mucha de esa música as-penosa (cosa que no sucede con los temas grasas bailables, muchos de los cuales sí puedo seguir escuchando y me siguen pareciendo temazos).
Bueno, si alguien se acuerda de alguno de esa época que se pueda seguir escuchando, avise que me entraron ganas de bailarme un buen lentito.

