Hola ma:
Hace un rato me enteré de que se murió la Walsh. No le digo María Elena, prefiero llamarla así, con el artículo y el apellido, como se nombra a un maestro. Por todas las redes sociales comenzaron a llover los homenajes y las menciones hechas de corazón. Me encontré lloriqueando y de repente me di cuenta de que me estaba acordando de cuando le poníamos a Benito el cd de ella y cantábamos con vos. Benito, con su mes de vida, ni enterado. Nosotros, con Gaby y con vos, cantando los tres como niños, entregados a su juego. Fueron pocas veces. Después ya no pudiste venir más a casa.
Es ese recuerdo de nosotras cantando el que en verdad me dejó hecha mierda y no su muerte. O tal vez se me activó la ecuación Walsh = infancia feliz, cuya variable mamá se descompone en miles de tardes de meriendas populares, en ese disco que tenía la del mono liso, en regalos imposibles de cumpleaños y navidades, en una presencia constante de amor, en tantas otras cosas que formaron las defensas de mi sistema inmunológico emocional. Es que yo voy a seguir poniéndole a Benito sus canciones, pero vos ya no estás acá para cantarlas conmigo. Todos los que me quieren y te quisieron me dicen que vos siempre vas a estar, que no te vas a ir nunca. Es una cagada haberte salido así, poco espiritual, de tomarse todo tan literalmente porque yo no veo que estés. La realidad es que ni estás ni vas a estar más. Tener un recuerdo en vez de tenerte acá significa que no hay presencia sino ausencia: hablamos de la gente que no está. Mejor saber que esto es así y no buscarte en estrellas, en mar, en tu cuarto, en fotos, ni siquiera en mi mente.
Se ve que ahora estoy en esa etapa. La tristeza se dispara y genera por hechos que señalan tu ausencia: la muerte de la Walsh, la peor navidad que pasé en mi vida, mi dedo mordido y la falta de tu abrazo, el cumple de la yaya que se aproxima y que no va a tener ni un gramo de "feliz" (eso de que una madre no tiene que enterrar a un hijo es una máxima espantosamente cierta). Supongo que es así ahora. Todos hablan del proceso del duelo (vos hubieras dicho mucho de eso y nosotros nos hubiéramos cagado de risa con tu palabrerío psicologista) y a mí me empieza a angustiar la idea de que va a llegar un momento en que ya no me voy a poner triste al recordarte. Es que ahora me resulta así: es tan doloroso que no estés más, como el hecho de saber que la gente puede acostumbrarse a estas cosas.
Es raro esto de escribirte cartas ahora. Fui tacaña: mientras vivías te escribí muy pocas y te dije poco que te quería. Incluso el día que moriste, mientras respirabas fuerte y tenías los ojos cerrados, quise decirte que te amaba mucho y que me sentía una afortunada por haberte tenido como madre, y no lo hice de pura cábala y miedo, de pensar que si lo llegabas a escuchar, en una de esas te dabas cuenta de que te estabas yendo y bajabas los brazos. Vos nunca mencionaste siquiera la posibilidad de que eso iba a ocurrir, a pesar de que estabas hecha mierda y del cansancio de todos los años de lucha, así que no iba a ser yo la que abriera el pico. Ahora sé que hubiera sido lo mismo, que te ibas a morir igual, independientemente de lo que yo pudiera hacer o decir.
Bueno, ma, te voy dejando, metafórica y literalmente. Ahora más que nunca voy a seguir escuchando a la Walsh. Voy a buscar en tu casa mi Dailan Kifki, como para ir preparándole a Benito una travesía lo más parecida a la que vos me regalaste.
Infinito amor, que como bien me enseñaste, es lo único que vale la pena.
Pau
lunes, enero 10, 2011
viernes, enero 07, 2011
Fantasías animadas
A Benito no le gusta más Bob Esponja. Me mató: a sus dos años me proporciona una de las primeras desilusiones como madre. No solo porque de todas las opciones era la mejor y una que yo podía compartir con él (de hecho, yo veía a Bob antes de que él existiera), sino que además eligió como reemplazo a Jorge el curioso y a Mecanimales, que me resultan insoportables. ¿Qué es lo que me pasa que estoy tan intolerante? ¿Qué puede tener un monito como Jorge para que me produzca rechazo a mí, justo a mí, que pasé toda mi infancia viendo dibujitos? ¿Acaso Mazinger Z no era un robot también, como cualquiera de los Mecanimales? Sí, pero hay algo que diferencia a estas series de las de antes.
En principio, puedo decir que hay una nueva modalidad de producción que me fastidia: aquella que está pensada para cumplir una función que no es el mero, puro y sano entretenimiento. Discovery Kids, canal que emite los programas favoritos de Benito, es un exponente fiel de esta intención. Recuerdo una nota acerca del fenómeno de la serie Lazy Town, que una vez leí en Radar, en la que se hablaba de su efecto en niños de distintos países; entre otras cosas, la serie había fomentado exitosamente el ejercicio en los infantes, en ciertos lugares la venta de gaseosas había descendido y había un freno en la tasa de obesidad. Su creador, Magnus Scheving, comentaba en una conferencia de prensa cómo había sido el proceso en el que había concebido su producto: había detectado que en el mercado de las series para niños faltaba una que respondiera a las necesidades recurrentes de los padres: promover hábitos alimenticios y prácticas saludables, no mostrar violencia, reflejar ciertos valores, en definitiva, una serie que eduque. Y en base a esto se diseñó la idea radicada en clásicos temores de padres: siete personajes que representan cada uno un conflicto diferente (el niño egoísta, el goloso, el adicto a internet, etc) son diariamente salvados por un superhéroe que solo come verduras y frutas, se va a la cama temprano y nunca se olvida de cepillarse los dientes. Repugnante por donde se mire. Para educar, están los padres y de última, la escuela; a mí no me jodan. Entiendo que existan programas de entretenimiento que busquen un contenido educativo (esos de Canal 7 o Encuentro, por ejemplo), pero cuando se trata de una ficción para niños, no se puede permitir. Y menos si es una animación. De hecho, algo que salva a Lazy Town es que no es un dibujo por completo (mezcla animaciones gráficas con títeres y personas).
Los dibujitos animados (amo esta denominación, mucho más linda que monitos o animé) tienen una función mucho más solemne: potenciar la fantasía que ya existe en cada chico y mostrar otros mundos más absurdos que el que ya todos conocen. Un dibujito animado supone el infinito de posibilidades con las que una serie tradicional no cuenta. En la mente del creador comienzan de cero: una nena puede tener cuernos en su cabeza, las casas pueden ser todas circulares, de la boca de un humano pueden salir estrellas y todo lo que se les ocurra. Nada de esto implicará un problema de realización. Así, una esponja de mar puede tener la forma de la Mortimer y vivir debajo del mar, bañarse en la ducha y prender un fuego. ¿Qué sentido puede tener un dibujo animado totalmente realista? ¿Por qué no dejarle la estética realista a las tiras?
Jorge el curioso y los Mecanimales son creaciones que siguen el patrón de Lazy Town: vamos a enseñarle cosas a los nenes, vamos a hablarles de la curiosidad (¿qué es eso? -se preguntan los niños) y a explicarles cómo funcionan los elementos de este mundo y cómo deben comportarse. ¿Cómo un chico va a ver dibujitos hechos a la carta de los padres? ¿Estamos todos locos?
El mono Jorge es prácticamente un niño. Vive con un tipo que es bastante cagón (en vez de tener un pibe, se buscó un monito) y que lo trata como a un humano: le da órdenes complejas (más que las que se les dan a los hijos), lo envía a hacer mandados, lo lleva de vacaciones al campo, le enseña a pilotear cohetes sin ser él un astronauta, etc. En su vida cotidiana, Jorge se topa con personajes archibondadosos (de tan buenos dan asco) que lo ayudan a saciar su sed de conocimiento explicándole todo tipo de cosas. Como se plantea en estas coordenadas de lo real, siento que la serie me provoca todo el tiempo: como un niño me la paso cuestionando la escasa verosimilitud que presenta su argumento. En cuanto a Mecanimales, no puedo decir mucho: se trata de unos robots que se transforman para realizar misiones y que les hacen preguntas estúpidas a sus espectadores. Algo así como asistir todo el tiempo a un cumpleañitos infantil conducido por esas animadoras para las que todo sustantivo es diminutivo y de las que uno duda si efectivamente no se comportan en sus vidas cotidianas, así como lo hacen frente a los chicos. Las dos series son como fábulas del siglo XXI: han sido concebidas para adoctrinar, aunque la lección de ahora haya cambiado.
Cuando yo era chica veía She-Ra. Tanto He-man como She-Ra incluían al final, un parlamento a lo moralina que decía algo así como: "En la historia de hoy vimos como Skeletor buscó un atajo para llegar al poder sin realizar ningún esfuerzo. No se dejen engañar, aquellos que luchan, blablabla...". Nadie de mi generación le daba bola a eso. Nadie. Eso no era "la serie", no formaba parte de su esencia: era un agregado, una coda que le enchufaban. Parecía que alguien les había dicho al dibujante y al guionista: "Che, paren, ahora que ya terminaron con el delirio, metan alguna boludez que les guste a los padres." Y ahí venía eso de dejar en claro quiénes eran los buenos y malos, y todo eso.
Una de las razones por las que Bob Esponja me cae tan bien es porque no tiene la pretensión de ser útil para algo: solo parece estar pensado para divertir. Bob vive en un mundo submarino absurdo (bueno, no del todo, los peces están antropomorfizados, son como humanos, trabajan, compran en dólares, etc.). Es que el absurdo por completo no es divertido. Tiene que estar anclado en alguna realidad. Si no, no se produce el humor, que en definitiva ocurre si existe identificación. La misma lógica es la que hace que el absurdo no sea útil para dejar una enseñanza: debe existir algún tipo de realidad que sea comprendida y asimilada; mientras más real se vea todo, mayor eficacia.
La realidad en la que se basa Bob Esponja es la que nos muestra como irracional. Eso es lo que sucede en ese capítulo en el que Bob se sube a un micro que lo lleva fuera de Fondo de Bikini. Para regresar, se queda en la parada que está enfrente de una máquina de golosinas. Cada vez que decide cruzar la calle, pasa el bondi y lo pierde. Miles de veces y a todas las velocidades posibles. Si no lo conocen, mírenlo, que es imperdible.
Yo, mientras tanto, me quedo con lo que me dijo una vez el pediatra: "los hijos crecen sanos en la medida en que hacen exactamente lo contrario de lo que los padres le dicen que tiene que hacer". Odio este tipo de máximas, pero esta me gustó. Así que le voy a poner a Benito un capítulo de Jorge, nomás.
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